De cómo tras siglos el vino nos envuelve.

Fine Champagna Clos du Griffier a subasta.
Bodega Beltrí Artículos. Falta muy poco para inaugurar nuestra nueva carta de vinos. Unas cuantas páginas que contienen alguno más de noventa nombres de caldos seleccionados teniendo en cuenta la diferencia, los nuevos moldes, las nuevas variedades, unas recuperadas y otras casi fundadas de nuevo. Añadas, denominaciones, colores, y el cariño que le hemos puesto a cada letra y a cada gota. Esas percepciones que podrán hacer suyas en cualquiera de las visitas a nuestro restauante. Restaurante Casa Beltrí.Un menú maridaje con siete caldos diferentes nos espera en breve. Contamos con vuestra compañía. Y es que hay veces en las que uno para a pensar, a intentar vivir otra vez a través de la lectura. Y comienza a menudo con una aventura a través del tiempo. Bien está decir también que descorchar una botella de vino suele ser un buen comienzo. Sirve como combustible para nuestra máquina y como acompañante fiel durante el viaje.Iremos contando en este artículo todo lo que pudimos ver entre páginas polvorientas a las cuales ni nos atrevimos a soplar. Y vimos imágenes. Pocas pero suficientes para describir los pasos andados de entre ellas.Planteamos un periplo relativamente sencillo y próximo en el tiempo. Comenzamos a vivir por esa segunda vez en Francia. Sí, todos sabemos que este líquido comienza a adquirir la esencia de vino en la época egipcia, pero nosotros, sin abandonar esa lejana vida queremos quedarnos en la Francia de la Revolución francesa. Ahí nos situamos tras una breve lectura introductoria. Como por casualidad, tal y como vienen últimamente a nuestras manos muchas de las historias vividas en nuestro restaurante, nos encontramos con cuatro botellas con algo parecido a vino. Preguntamos por el lugar descrito por las letras y obtenemos una información que nos trae también a nuestra época, a nuestro presente. No hace ni dos años de esto. En una subasta realizada en uno de los restaurantes más viejos de este mundo que aún se conserva en pie y que aún vende vinos y comida se expusieron para la venta a su mejor postor estas cuatro botellas de las que hablamos. Ingentes cantidades de dinero resonaban de entre un grupo de hombres como si de anuncios se tratase. Alguien propuso, tras varias cantidades, una que no logró ser superada. Mil ochocientos euros por una sola de aquellas botellas. Se trataba de un coñac, quién sabe si
trasformado en la misma botella que un día contuvo vino. No tenía etiqueta, claro, pero sí tras ella podíamos ver una tablilla negra y con unos trazos en tiza blanca lo siguiente: “Fine Champagna Clos du Griffier”. Cuatro botellas previas a la revolución francesa. El hombre que pagó la cantidad anteriormente citada decidió minutos después acabar con todo el lote en su dominio. Veinticincomil euros por las cuatro. Nos quisimos acercar para, bien preguntarle por su locura o quizá para felicitarle por el tesoro que transportaría a su bodega horas después. Valoramos esa posibilidad, pero quisimos sentarnos en una mesa del restaurante. Habíamos oído que el pato de La Tour era todo un manjar y nos pusimos a ello enseguida. Un espectáculo de dioses. No recordamos el vino que bebimos, pero aún podemos saborear el postgusto de aquella noche que aún nos viene persiguiendo desde entonces.Una de las ideas que valoramos al beber la mitad de la primera botella fue la de visitar la bodega de donde salieron las cuatro botellas de coñac. El sumiller, tras consultarlo, accedió a dar una pequeña vuelta por los sótanos. Una amplísima cava de vinos nos hizo abrir la boca hasta un punto en que se nos resecó. No supimos hacer un cálculo de las botellas que podía contener. Un placer comparable con muy pocos de los que hubiésemos experimentado en años. No habían pasado ni quince minutos cuando nos encontrábamos en el segundo piso hacia abajo. La bodega. La bodega. Aquel olor entre húmedo, frío, a cuero y heces nos llegó a dar hasta miedo. Era algo fuera de lo explicable, es algo muy difícir de describir lo que sentimos. Imaginamos las botellas enpolvadas por el paso de los siglos volando, cobrando vida en aquella cavidad. Al día siguiente volvimos a la vida. Estamos viajando hacia la parte donde se acaba la vida llena de historia y de repente nos encontramos páginas cada vez con menos polvo. Avanzamos y todo se había diluído. Y de viajar en un gran libro nos vimos navegando en una tablet. Pasamos por una gran bodega. El museo más moderno del mundo. Estábamos en España, en las Bodegas Marqués de Riscal. Teníamos algo de prisa y volvimos a Casa Beltrí. La sensación de que se nos quedaban muchas historias del viaje por contar era grande. Crecimos nosotros con la inquietud de este oficio. Y entonces volvimos a nuestras calles de siempre, atravesamos el jardín diseñado el los años veinte, igual que la casa que nos alberga. Con la mente hicimos recuerdo de que antes del proceso vital del viaje andábamos en una historia de caldos también. Encontramos en el mostrador de la entrada la portada de una carta. Pedro Domeq en aquellos años diseñaba cartas de vino para los restaurantes. Bebimos agua, volvimos a la oficina, visitamos nuestra bodega, y enseguida nos topamos con el último boceto de nuestra propia carta de vinos.Mañana será otro día. Un día menos para que estrenemos nuestra carta definitiva. Quizá una de las metas que nos propongamos con el paso del tiempo sea subastar cuatro botellas con casi cuatro siglos de historia. Quién sabe.

Entradas populares de este blog

Vino y Raíz. Escuchar a los Ancestros.

Etnológic@ Podcast y Radio

Blancos Beltrí Volumen I