De cómo tras siglos el vino nos envuelve.
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| Fine Champagna Clos du Griffier a subasta. |
trasformado en la misma botella que un día contuvo vino. No tenía
etiqueta, claro, pero sí tras ella podíamos ver una tablilla negra
y con unos trazos en tiza blanca lo siguiente: “Fine Champagna Clos
du Griffier”. Cuatro botellas previas a la revolución francesa. El
hombre que pagó la cantidad anteriormente citada decidió minutos
después acabar con todo el lote en su dominio. Veinticincomil euros
por las cuatro. Nos quisimos acercar para, bien preguntarle por su
locura o quizá para felicitarle por el tesoro que transportaría a
su bodega horas después. Valoramos esa posibilidad, pero quisimos
sentarnos en una mesa del restaurante. Habíamos oído que el pato de
La Tour era todo un manjar y nos pusimos a ello enseguida. Un
espectáculo de dioses. No recordamos el vino que bebimos, pero aún
podemos saborear el postgusto de aquella noche que aún nos viene
persiguiendo desde entonces.Una de las ideas que valoramos al beber
la mitad de la primera botella fue la de visitar la bodega de donde
salieron las cuatro botellas de coñac. El sumiller, tras
consultarlo, accedió a dar una pequeña vuelta por los sótanos. Una
amplísima cava de vinos nos hizo abrir la boca hasta un punto en que
se nos resecó. No supimos hacer un cálculo de las botellas que
podía contener. Un placer comparable con muy pocos de los que
hubiésemos experimentado en años. No habían pasado ni quince
minutos cuando nos encontrábamos en el segundo piso hacia abajo. La
bodega. La bodega. Aquel olor entre húmedo, frío, a cuero y heces
nos llegó a dar hasta miedo. Era algo fuera de lo explicable, es
algo muy difícir de describir lo que sentimos. Imaginamos las
botellas enpolvadas por el paso de los siglos volando, cobrando vida
en aquella cavidad. Al día siguiente volvimos a la vida. Estamos
viajando hacia la parte donde se acaba la vida llena de historia y de
repente nos encontramos páginas cada vez con menos polvo. Avanzamos
y todo se había diluído. Y de viajar en un gran libro nos vimos
navegando en una tablet. Pasamos por una gran bodega. El museo más
moderno del mundo. Estábamos en España, en las Bodegas Marqués de
Riscal. Teníamos algo de prisa y volvimos a Casa Beltrí. La
sensación de que se nos quedaban muchas historias del viaje por
contar era grande. Crecimos nosotros con la inquietud de este oficio.
Y entonces volvimos a nuestras calles de siempre, atravesamos el
jardín diseñado el los años veinte, igual que la casa que nos
alberga. Con la mente hicimos recuerdo de que antes del proceso vital
del viaje andábamos en una historia de caldos también. Encontramos
en el mostrador de la entrada la portada de una carta. Pedro Domeq en
aquellos años diseñaba cartas de vino para los restaurantes.
Bebimos agua, volvimos a la oficina, visitamos nuestra bodega, y
enseguida nos topamos con el último boceto de nuestra propia carta
de vinos.Mañana será otro día. Un día menos para que estrenemos
nuestra carta definitiva. Quizá una de las metas que nos propongamos
con el paso del tiempo sea subastar cuatro botellas con casi cuatro
siglos de historia. Quién sabe.
